EDITORIAL: SAGACIDAD O EL TRISTE HOMENAJE A LA TRAMPA
Por Diego Förster
05 de julio de 2006
No me sorprendió el escándalo que, por estos días protagonizaron algunos estudiantes tramposos de la Universidad de los Andes. Hasta se trató de usar la figura legal de la Tutela para salvar la cabeza de algunos de los estudiantes vinculados al plagio y comercio clandestino de trabajos académicos.
Me alegró que por fin una universidad “se pusiera las pilas” y alguien comenzara a tomar medidas al respecto. Ocurre que, dentro de los servicios comerciales de mi empresa, está incluido el alquiler de estudios de fotografía y este servicio es muy solicitado por estudiantes de diferentes universidades quienes lo usan para hacer sus trabajos académicos.
Pero me molesta que, algunas veces, lleguen estudiantes pidiendo que les hagamos sus trabajos con la franca intención de presentarlos como propios. Las pocas veces en que tengo tiempo y los interesados lo permiten, ofrezco enseñarles a hacer el trabajo para que ellos lo hagan con sus propias manos. Si acaso los hacen bajo nuestra dirección. Pero cuando el grupo no quiere participar y los jóvenes pretenden que nosotros hagamos sus tareas, los desanimo cobrándoles el servicio de toma fotográfica publicitaria, a tarifa plena, y se van histéricos. Sin embargo, sé que se saldrán con la suya acudiendo a otros de mis colegas que no ven el daño que le hacemos a nuestra juventud cuando los ayudamos a eludir sus responsabilidades. Son muchos los facilitadores que participan en la producción de timos académicos: los padres que financian, los profesionales que se prestan y los profesores que no hacen seguimiento o se hacen los de la vista gorda ante trabajos donde es evidente la calidad profesional.
En el detrás de cámara de esta farsa educativa hay un problema social de mayores dimensiones, porque podemos ver que la mayoría de los jóvenes colombianos están educándose con una arraigada cultura del “torcido”. Desde chicos, vieron cómo los adultos siempre buscaron la manera de hacer lo que se les daba la gana, como obtenían lo máximo trabajando lo mínimo, y a diario vieron como los grandes se jactaban de ser “vivos” cuando quebrantaban normas de convivencia, pautas urbanas, criterios legales y principios éticos. Escucharon y siguen oyendo a sus padres decir que el que haga las cosas “como Dios manda” es un bobo y es frecuente que burlescamente digan: “las leyes son para violarlas”.
Nada de raro tiene que los mismos personajes que parquean en zonas no permitidas son los que se quejan airadamente por el caos del tránsito vehicular; que aquellos que se roban el papel, lápices, borradores y bolígrafos de la empresa en que trabajan sean los que más critican la corrupción estatal. He visto que aquellos que más se quejan de la inseguridad son compradores frecuentes de objetos robados, justificándose con el típico: “si no lo compro yo lo comprará otro”. Es frecuente ver en los parqueaderos de centros comerciales cómo algunos “vivos” le rapan el espacio al que pacientemente esperó durante 20 minutos pero se enredó en la maniobra y “le dio papaya” a ese arribista que acababa de llegar. Y ve uno a toda la familia del vehículo de dicho personaje, bajándose del carro, sonriente y orgullosa.
Millones de colombianitos crecen viendo a sus padres rompiendo diariamente las normas de urbanidad ciudadana. Miles de nuestros chiquillos son educados con insalvables dualidades respecto a los más elementales principios de la ética y moralidad, para llegar a la adolescencia con la desdibujada percepción que reafirma la validez de la violación de algunas normas y leyes. Es desquiciante vivir en una comunidad en donde se asegura que “el mundo es de los vivos” y que se les pueden atropellar los derechos a “los bobos”. Un mundo en donde “el vivo” se vuelve “bobo” cuando hace las cosas mal y se deja atrapar en un ”torcido”. Pero, ¿cuántos “vivos” hay enterrados en el cementerio por adelantar a los “bobos” por la derecha en una carretera congestionada? ¿Cuánta gente pacífica está en la cárcel por agredir a otro en un acceso de ira? Creo que aquellos que han sido educados con los principios adecuados se pueden llegar a cansar de ser los bobos del paseo y encontrar en la violencia una manera desesperada de protegerse de tanto vivo que le ha jodido la vida desde que era chiquito.
No podemos hablar de paz ni de progreso pensando que son temas cuya responsabilidad reposa en nuestros dirigentes. La paz comienza en casa, en uno mismo y en cada individuo que se resista a ser participante o testigo silencioso de ese horripilante culto a la trampa.
Pero entiendo que muchas veces nos podamos sentir impotentes ante situaciones como la que yo mismo viví hoy al momento en que escribían estas líneas. Escuché a la tía de uno de mis sobrinos de 15 años, pidiéndole el favor a alguien para que fuera hasta el colegio, llevara una excusa y sacara al muchacho para que "el niño" pudiera ver un partido del mundial de fútbol. ¿Cómo le queda a uno el ojo?
Comentarios
Si Señor (Comentario de Rafael Quintero el 2006-07-09 23:49:39) Me gusto mucho su escrito señor foster, estoy de acuerdo con usted palabra por palabra y le comento que envié este artículo a los padres de los compañeros de mi hijo. Muchas gracias
Por un vividero mejor (Comentario de Raul Gómez el 2006-07-12 13:19:51) Muchos colombianos “bien” nos hemos untado las manos de corrupción y estamos pagando las consecuencias. Pero es de justos reconocer los errores y comenzar a cambiar. Nuestro país nos necesita tanto como nosotros lo necesitamos a él, cambiando de actitud lograremos un vividero mejor. Miremos el cambio que ha tenido Bogotá, le falta mucho pero ya es una ciudad del putas, falta que tapen huecos en las calles bogotanas y queda perfecta. No critiquemos tanto y hagamos más.
A mi me ha pasado (Comentario de María Antonia Giraldo el 2006-08-02 20:55:42) Es horrible que uno trate de hacer las cosas bien, y que el mundo haga las cosas para el otro lado. En las calles la cultura del "vivo" se ve a cada rato y por más de que uno trata de seguir las normas para vivir mejor en sociedad, esos vivos se "aprobechan de mi nobleza" y terminan tociendolo a uno también. Ademito que a veces se me sale, pero creo que debemos empezar una campaña para evitarlo. No podemos dejar que las miles de manzanas podridas acaben con las pocas buenas del canasto.
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